Solía hablar durante horas como un retórico romano desafiando al imperio. Tenía como auditorio a las paredes de mi cuarto. Era un público frío, duro, muy exigente. Una tarde, mientras defendía fervientemente la imposibilidad de la reencarnación del alma en cuerpos de la misma especie, sonó mi celular. Llamaba el presidente del club de libros, me informó la pantalla del teléfono. Dejé que sonara cuatro tiempos y contesté. Me invitaba a dar una plática el jueves siguiente sobre El retrato del artista adolescente. Me negué. Rotundamente. Estaba, como él podría haberse imaginado, si en su cabeza hubiera espacio para el más embrionario pensamiento especulativo, múltiplemente abrumado por compromisos anteriormente contraídos. De muy mala gana, tras el tercer ruego, cuya intensidad menguante me hizo suponer que no habría un cuarto, acepté. Antes, impuse un número de precisas condiciones, especialmente en lo referente a los alimentos y bebidas que amenizarían el evento. Acerca de la marca de vodka hubo una hábil, y en ciertos momentos tensa, negociación. Satisfecho, salí a la calle, dejando a mi auditorio en suspenso ante mi truncada disertación. Mi discurso inconcluso, precisamente a causa de su falta de conclusión, dejaba entreabierta la posibilidad de que las almas migraran a cuerpos de la misma especie. Quién sabe, me aventuré a pensar caminando por la banqueta, a la sombra de los árboles y ante el ruido de los claxons, quizá mi alma haya anteriormente morado un cuerpo humano. De ser así, continué el rastro de aquella nueva e inexplorada hipótesis, lo más lógico sería pensar que el alma vaga por el tiempo como un perro perdido y el tiempo es el cuerpo de dios y hay quienes consumen su vida dando vueltas en la uña del pie, en un tiempo de apariencia circular, y quienes escalan hasta la cabeza y penetran por los orificios nasales, los oídos, la boca, en un camino tan largo como, calculo, 800 resurrecciones. Y de esta manera llegan al cerebro de Dios. Creo estar cerca. Creo saber lo que Dios piensa. Está harto del cristianismo. Quiere una nueva religión. He hablado con él. Estamos en pláticas para convertirme en su representante. Le he mostrado mis credenciales.

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