El tiempo corre como un caballo desbocado, es decir, con cuatro patas y los ojos fijos en una idea: no dejar que ningún pensamiento haga pie sobre su mente. Tras una carrera infinita, tras haber arrasado con todo a su paso, se detiene y dice, con un ronco susurro: aquí no ha pasado nunca nada. Pero es falso. No es un caballo, no corre, no susurra.

 

Los osos polares tienen una concepción del tiempo que se traduce exactamente en glaciares que se derrumban.

 

Los perros viven en un tiempo elástico, como la temperatura de las banquetas.

 

Para los pájaros del árbol frente a la ventana, el tiempo llega a su fin en cada atardecer. Escondidos entre las ramas, ocultos tras las hojas, inmóviles, pasan la noche fuera del tiempo, fuera del aire, fuera de sus mentes. En un lugar que nosotros conocemos como muerte.

 

A la mañana siguiente, nos hablan de él.

 

800 resurrecciones
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