Llegaron los electrocutados. Algunos están muertos y otros no. Llevan la carne temblorosa. Llena de colores vibrantes que fluctúan entre el negro nítido y el brillo más absoluto. Dicen de ellos que estaban muertos o que pronto lo estarán. O que lo están ya, y se les cree, de algunos, pues poseen un olor que no es de este mundo. El cielo sí existe, dicen, con palabras confiadas. Aunque llevan los labios rotos. El hígado de Dios tiene 300 paredes. Cada pared posee 300 capas, dicen. Opalescentes todas. Aunque escupen dientes al hablar. Su discurso es claro. Y a través de su claridad, hinchado de transparencia, nos sonríe el silencio.

800 resurrecciones
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