Resplandece la carne en la cara de filósofos imberbes que hurgan entre la basura en busca de materia para la elaboración de teorías, o en busca del origen, o de comida, quizás, o simplemente ponen a prueba su capacidad de elección, y, a un lado, hombres que mastican vidrios se arrastran como serpientes y tienen ojos de reyes, y un par de ojos caninos se encuentran con mis ojos, e indiferentemente gozamos de un saludo, y los ojos caninos beben de los flujos vespertinos, y yo respiro, lento, desconfiado, inútil entre tantos ojos. Avanzo con pasos hondos. Sonrío a un indio esférico. Nubes cenicientas se deslizan por un cielo grasoso. Y adentro de ese cielo hay otro cielo, que gotea. Gotas finísimas se entremezclan en la algazara. El horizonte es del color de la saliva. Trato de descifrar las ruinas que me circundan. Mis intentos por descifrar se vuelven ruinas, a su vez. La columna vertebral del día ondula. Walt Whitman con ojos felinos mendiga en una esquina. Y espero el momento propicio para descansar. Teniendo como almohada la panza de un buda pleno de jugos gástricos. Y colores.

800 resurrecciones
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