Hay tres hombres que revisan los discursos, hay cincuenta hombres dedicados a mantener limpias las habitaciones, las ropas, los cubiertos, hay doce hombres analizando el deterioro en el funcionamiento de su cuerpo, hay veinticinco hombres preparándole los alimentos, hay cinco hombres en los que tiene que confiar absolutamente, le dicen lo que tiene que hacer en cuanto emerge de sus sueños (hay un hombre, entre los doce que vigilan su cuerpo, encargado de su sueño), le dan consejos, le explican el mundo en el que está inmerso, quiénes son de fiar, quiénes no, hay ciento veinticinco hombres encargados de mantener en pie el palacio en el que vive, de restaurar las reliquias que tras dos o tres siglos comienzan a abrirse, a hincharse, a desmoronarse, hay dos hombres encargados de verificar el estado de su mente, hay cuarenta y dos hombres encargados de llevarlo por el mundo y de traerlo de regreso, todos estos hombres tienen otros cientos, probablemente miles de hombres a su servicio, todos estos hombres, más los cientos y probablemente miles de hombres que están a su servicio, hacen lo que hacen para que él, el Papa, sea, entre todos los hombres, el que más cerca esté de Dios. En unos cuantos lustros, éste hombre muere. El resto de los hombres escogerá a otro hombre para que sea, nuevamente, entre todos los hombres, el que más cerca esté de Dios. Y se encargan de él.

800 resurrecciones
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