Estábamos en mi casa. Haciendo algo. Con alguien más. Salimos a buscarlos. Cruzamos el parque y, junto al puesto de carnitas (cerrado –era de noche–), encontramos a un hombre-perro. Nos quedamos viéndolo un rato, sorprendidos. Te emocionaste muchísimo y dijiste: “¡velo está increíble!, es como así”, y te agachaste para adoptar su misma posición. Él sólo nos miraba, echado en el piso junto a las carnitas cerradas.

Regresé a la casa y en la entrada había un montón de coches con personas tratando de estacionarlos. Entré y me acosté a esperarte. Pasó un rato (largo) en el que (creo) me quedé dormida. Después, recordé al hombre-perro y a ti a su lado, y esos recuerdos me desvelaron la evidencia de que te estaba esperando y de que, además, ya te habías tardado.

Decidí salir a buscarte. Estabas en un extremo del parque, convertido en hombre-perro. Te saludé y me presentaste a tu nuevo amigo. Me senté y conforme platicabamos (no sé de qué) tú ibas recobrando tu postura, más de hombre y menos de perro. Seguías muy emocionado, era evidente que habías pasado una gran noche de perro-humano. Al parecer, sus manos tenían una forma particular y los dos se dedicaron a mostrármelas. Él me las enseñaba con una actitud que reflejaba su convicción de estar demostrando por qué era un hombre-perro; dijo que así nació, como si ese argumento estableciera que le correspondía ser un hombre-perro (según recuerdo, la extraña forma de sus manos no tenía mucho qué ver con la pata de un perro). En ese momento todo parecía muy lógico.

800 resurrecciones
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