La carne se come al cuerpo. La carne se disecciona, se tuerce, gira hasta hacer de la carne cuerpo. Pero, apenas esto sucede, la carne se come al cuerpo. El cuerpo es, de la carne, una promesa. La mente aligera la carne, la moldea, la hace cuerpo. Pero, apenas esto sucede, la carne se come al cuerpo. El brillo de la sangre se ve en el cuerpo. La carne, en cambio, se traga la luz. El cuerpo no tiene carne pues el cuerpo es la carne cuando ésta deja de ser carne para ser cuerpo. El cuerpo es el destino de la carne. El cuerpo necesita de la forma para estar vivo. La carne es, en sí misma, forma de vida. El cuerpo, cuando emerge de la carne, la divide, la gramaticaliza, la descarna. La carne, estilizada, es cuerpo. La carne es fuego sin memoria. El cuerpo es juego de espejos, es histórico, es efímero y vetusto y dominante. Cuando el cuerpo se abre: vibra la carne. La vibración de la carne es la base del cuerpo. La carne no es un objeto. No es, ni siquiera, del objeto, el color. Es, del color del objeto, la vibración que resplandece, por siempre, justo antes de que el color dé señales de vida. O tal vez no. La carne es el murmullo de un pasado que nunca existió. La carne es un sueño del cuerpo. O tal vez no.

800 resurrecciones
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