Es sabido que, en el décimo siglo de nuestra era, el abate Damián aconsejaba a

los monjes de su monasterio medir el tiempo con sus propia vidas. Durante el

invierno los relojes solares sólo funcionaban la mitad del día, y los que marcaban

las horas utilizando gotas de agua no funcionaban con la precisión necesaria para

la vida en común. Los monjes deberían, entonces, medir sus días fijando

estrictamente sus plegarias, sus comidas y sus flagelos.

Uno de sus discípulos —cuyo nombre se ha perdido— siguió sus órdenes con tal

precisión que llegó a pensar que si él no rezaba el matines el sol no saldría por la

mañana, y que si por la tarde él no señalaba el crepúsculo con una salmo, la

noche no llegaría jamás. Ese mismo monje, irritado por la poca disciplina de su

comunidad, decidió abandonarla. Anunció a su comunidad que dejaría el

monasterio justo en la hora asignada a la reflexión y la confesión de culpas. Los

condenaría a vivir eternamente en ese instante para purgar sus pecados, porque,

si él los dejaba, ¿quién lograría que cayera la noche y pudieran descansar?

800 resurrecciones
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