Me siento de madera y gruño por si acaso. Me escondo en la superficie de mí. Obedezco a mis impulsos vitales y me sorprendo comiendo langostas vivas y contaminadas y con olores repletos de recuerdos y del color de mis sábanas. Debo de haberme quedado dormido pues llevo barba de náufrago que hace de mi rostro un animal. Y me limpio la saliva y el aire silba y relincha. Vuelvo a mi domicilio cargado de delicioso cansancio y en la cama lo gozo, como si fuera una nutria, o un caballo silvestre olfateando el perfume de la hierba y la ausencia del tiempo. Alas remotas alejan mi memoria y la dispersan. Una efímera alegría inunda mi corazón. Descanso como un pozo. Y me queda felicidad desastrosa. El ritual blanco de la meticulosidad de mis muelas. La gracia de la gravedad. Y mis nervios extendidos como alimento para pájaros.

800 resurrecciones
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