Tomé el suelo por asalto y me revolqué en aras de un infinito deslumbramiento. Nací desde entonces entre las nubes. Le dije con mi mirada al capitán, si él también buscaba Un mar que se baste en remolinos de montañas, cabellos revueltos en un gris supermecánico, partículas de imán, lodo aéreo.

Con mi almeja iba tocando los sonidos de las chinches. Tenía una medallita de Bob Esponja en el centro de la mollera. Me parecía ver una Galaxia de patos que flotaban en el vacío. Crecía dentro de una semilla en el vacío. Un hueso de alce me colocaba en la frente amarrada con trapos azules.

Iba entre canoas por las eras más nubladas, en algunas divisaba dinosaurios que salían entre las algas. Vi una pandilla de cráneos acampando junto a la playa, pescando con ganchitos que salían de los agujeros de su cabeza. El cerebro se abría como una cereza abre su pulpa bajo dientes de tiburón. Eran ruidos de brujo lo que sentí en mis venas, luego adelante las gaviotas picaban a una ballena ahorcada por los sargazos.

Iban las cenizas dando flores que partíamos con las tenazas, el Popocatépetl pedía escupitajos, y tiritamos como pterodáctilos sobrevolando la Antártica, pero luego subimos hacia el Sol donde apenas podíamos volar, caímos como ángeles en cautiverio sobre los muslos dorados de un niño.

Cómo se sellan las esferas te pregunté, ahora que tenía las mitades de papel del mapa, La Tierra de papel maché se sella con gomitas de hule, con uñas largas y con agujas, y luego harás ojos para que de su interior se proyecten estrellas. Un grano de sal es suficiente como núcleo, un grano que hayas recogido en el Uyuni, entonces miré a tus ojos fijamente con cara de tortuga charapa y agarramos la Tierra de papel y a sus tres contornos nuevos cantamos con una guitarra tallada en madera de árbol de navidad.

800 resurrecciones
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