El misterio sobrevuela nuestras vidas. Un hombre puede morir a causa de una larga enfermedad, un súbito ataque al corazón, un accidente aéreo, un accidente subacuático, la pérdida del control de un automóvil, el estallido de un conflicto internacional, la potencia de una droga, la torpeza de un médico cirujano, la oscuridad de sus pensamientos, al desatar una pasión o ser devorado por un animal salvaje. Ahí no hay misterio. Un pájaro muerto, sin embargo, es otra cosa: inerte sobre el césped, las hebras del pasto entremezcladas con los dedos tensos, agarrotados, las plumas superpuestas en el flanco, recorridas por veloces hileras de hormigas negras, el pico entreabierto, mudo, hueco, y el ojo, negro como la tinta, brillante, denso, en relación directa con un punto remoto. La relación se extiende perpendicularmente más allá del cielo azul que titila, de los meteoritos que bogan a la deriva a través del vacío obedeciendo a fuerzas desconocidas y, como las botellas que se hunden y flotan a lo largo del mar portando los mensajes caducos de los náufragos, a la espera de llegar a destino para entregar su mensaje destructivo. El ojo continúa fijo en el punto. En su recorrido quedan atrás planetas que bailan sobre su eje hipnotizados por estrellas, nebulosas, galaxias enteras, todo brilla y resplandece, explota y desaparece, es monótono y aburrido como un glaciar que se desprende, extraño y exuberante al grado de parecerse a un sueño que se mezcla con una alucinación indistinguible de la realidad que se confunde con el recuerdo de una vida pasada o antepasada. Está fuera del tiempo, el tiempo no es más que la bomba interior en cada cuerpo, no puede salir de los cuerpos así como éstos no pueden salir de la esfera terrestre, a no ser a bordo de una nave espacial, lenta, ridícula, y lo único que sale es, en ese pájaro muerto, inerte, con los dedos agarrotados, el pico hueco, las plumas recorridas por hileras de hormigas y el ojo negro como la tinta, brillante, denso, lo único que sale es esa mirada que recorre el universo, dejando atrás meteoritos, planetas, asteroides, estrellas, sin que nadie sepa cómo o por qué; las hormigas tan sólo siguen hundiéndose en aquel ojo negro, como la tinta. Mientras tanto, los hombres mueren.

800 resurrecciones
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