Hay epitafios simpáticos. (“Aquí reposa Antoine, conde de Rivarol. La pereza nos lo había arrebatado antes que la muerte.”) Pero hay versos que uno se llevaría a la tumba. No afuera para que todos lo vean: sino adentro: con uno.

Cada vez me resulta más complejo no hacer nada. Como si tuviera que establecer una gramática del ocio, antes de vaciarme, antes de desperdiciarme a gusto. Me siento a veces como un jugador de ajedrez que, antes de optar por no tirar nada, debe contemplar todas las jugadas posibles, y parar el juego indefinidamente. “Hay bastante metafísica en no pensar en nada”, decía Caeiro, un amigo imaginario de Pessoa. Habría que tener una mente milimétrica y un afán de marinero para poder imaginar a un amigo capaz de no pensar en nada y llenar, a la vez, esa nada de metafísica (y esa metafísica de nada). Me gustaría a mí, ahora que lo pienso, tener muchos amigos imaginarios capacitados para no pensar en nada y rebosantes todos de metafísica. Y así, mientras mis amigos paradójicos piensan -por mí- en nada, podría, tal vez -sin pensamiento- sin ninguna nada que se pueda llenar de nada, aspirar, entre múltiples amigos, al ocio absoluto, sin que el más mínimo mecanismo me estorbe, sin que se filtren mosquitos divinos, sin que los zumbidos de los sistemas del no pensar me provoquen dolores de cabeza si lo que quiero es -tumbado un domingo, crudo, expatriado de la voluntad, verdaderamente- descansar.

Y con los martilleos en el departamento de al lado.

Hospitalizado a causa de su falta de mesura al consumir opio, Jean Cocteau escribió: “Todo cuanto se hace en la vida, incluso el amor, se hace en un tren expreso directo a la muerte. Fumar opio es bajarse de ese tren en marcha”. Por esos mismos días Cocteau dibujaba a personajes invadidos por múltiples extremidades. Cada extremidad adoptaba la forma de un túnel. Como si la pipa pasara a ser parte inseparable del fumador. Más aún: como si el fumador empezara a transformarse en una pipa enorme con sucursales por todas partes. El cuerpo entero exige droga. Ya no sólo la boca fuma. Fuman los dedos, fuman las piernas, la frente fuma, las rodillas jalan humo, los ojos inhalan. Otros dibujos muestran a “las pipas” también fuera del cuerpo del personaje. Como si formaran parte ya no sólo de su cuerpo sino también del cuerpo del mundo. La invasión es despiadada. Producto, por supuesto, del síndrome de abstinencia. Castigo a aquellos que quieren conocer el paraíso en vida: una probada de infierno. El ocio extremo, propiciado por el opio, “el bajarse del tren”, conlleva riesgos mayúsculos. El ocio, inocente en apariencia, puede provocar, a la larga, un juego laberíntico de espejos entre cuyos reflejos el extravío es contundente. Y uno se imagina a Cocteau, encamado, sudando a mares, cuaderno en mano, la creatividad bullente, trazando líneas negras en la blanca aridez de un cuarto de hospital.

Thomas de Quincey, otro opiómano célebre, decía que un consumidor de opio es demasiado feliz para observar la huida del tiempo. Pero que, llegado el momento, los laberintos en los cuales uno se pierde deliciosamente (“touched with pensiveness”) terminan por transformarse en callejones sin salida que torturan incluso en los sueños, dejando a la víctima sin descanso posible. De Quincey: drogadicto inglés que enamoró a Baudelaire. Pessoa, por su parte, inclinado por naturaleza a una imaginación sin bordes, no fumó opio: mejor: llevó al ocio más lejos: imaginó a un opiómano que sufrió la adicción por él: Álvaro de Campos: poeta iracundo, nihilista que escupía versos, que veneraba a Whitman pero más aún a Caeiro. Álvaro de Campos, que tantos tormentos causó a Pessoa.

Pero, ahora que recuerdo, Pessoa confesaba que su maestro era Caeiro. Podemos pensar, entonces, que Pessoa es, en gran medida, una creación de Caeiro, y no al revés. Se pone en duda, así, desde dónde sale, a chorros, la imaginación perturbada. ¿Quién apaga el cigarro en el cenicero mientras no piensa en nada? O: ¿quién se fuma un cigarro en la mente de cuál?

Llévate un verso a la tumba:

“El único misterio es que haya quien piense en el misterio”, imaginaba Caeiro que le cuchicheaba al oído a Pessoa, su amigo imaginario, cuando -solo- los átomos del ocio inflados, buscaba a quien molestar. Su voz, de una forma u otra, llegó hasta nosotros. Y aún hay noches que no nos deja dormir.

800 resurrecciones
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