Bebía un trago, los volteaba a ver, giraba ligeramente la cabeza y decía “qué mierda de vida”, en voz alta, dejando que las palabras se ahogaran desapercibidas entre el ruido de las voces y la música. A causa de ella era que lo decía. Me reincorporaba a la plática, daba otros tragos, volvía a voltearme como si buscara alguien con quien hablar, y decía una y otra vez “qué mierda de vida” mientras la música, la noche, el alcohol, todo proseguía. Daba más tragos, más largos, y poco a poco iba dejando de decir lo que decía. Ahora, simplemente bebía, escuchaba y decía alguna que otra tontería, para socializar, por simple cortesía. Me puse a dar vueltas por el lugar, la mayoría de las personas eran desconocidas, o eso me parecía. En el baño me encontré a un tipo y le dije, así de claro: te pareces a Lee Renaldo. Se rió, trató de abrazarme y me dijo que qué chido que estuviera ahí, que le daba mucho gusto. Que le daba mucho gusto. Salí del baño, atravesé la fiesta, salí de ella y empecé a caminar por las calles vacías. En algún punto del camino me puse a patear un cartel metálico. Hacía el ruido de dos mil demonios al vibrar. Seguí caminando, llegué a mi casa y, adentro, después de mirar durante algún rato las paredes de mi cuarto, volví a decir “qué mierda de vida”. Al parecer empezaba a sentir la nostalgia que provoca estar en el mismo lugar de siempre. Volví, por lo tanto, a salir a la calle, a buscar una tienda que estuviera abierta, a comprar una bebida barata y perfectamente diseñada para circunstancias como esta y, finalmente, a ponerme a beber.  Recuerdo que hubo momento en el que ya no podía dejar de beber, después no podía dejar de vomitar y al otro día no podía ni moverme, ni dar dos pasos, ni ir por un vaso de agua, ni alejar al perro que me lamía la cara, ni nada. Sólo sentir cómo la sangre chocaba con las arterias. O con lo que sea que tengo adentro. Si no es que ya lo vomité todo y, en ese caso, estoy vacío. Simplemente no podía. Uno deja de lado lo que aprendió de niño y comienza a preguntarse, qué es peor. Qué, de todo lo que hacemos, es peor.    

800 resurrecciones
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