Los puntos cardinales brillan por su ausencia. Una línea serpenteante atraviesa la ciudad. No la veo. Mi mente es un hoyo negro y allá va lo que siento, lo que pienso, lo que observo. Desciendo del autobús. Ya no hay gente o autos; sólo la calle. Es, pienso, un río oscuro que no refleja a las estrellas, que las ahoga. Miro hacia arriba: no hay estrellas. Sigo caminando. Mis pasos se hunden, me hundo con ellos y, luego, como si fuera el ciclo de la vida, volvemos a la superficie. Es cansado. Es, pienso, un destino atolondrado. El destino está en dos o tres neuronas, perfectamente resguardadas, inmunes a las drogas, a los sueños, a la disciplina. Que nos guían como las estrellas a los barcos. Sigo caminando. Observo cómo el sonido de mis pasos se expande en ondas hacia cada uno de los puntos cardinales. Que brillan por su ausencia.  

800 resurrecciones
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