‒Quiero morir sin nada dentro, con las tripas vacías.

Así respondió el condenado después de que le hubieron preguntado sobre su última voluntad. La muchedumbre allí presente hizo decrecer su gritería y el verdugo, que ya antes había oído semejantes peticiones, asintió.

El condenado en cuclillas, sobre la tarima de ejecución, pujaba y una tímida caca asomaba temerosa y muy lentamente su rugoso cuerpo. Pese a los grandes intentos que el condenado hacía por excrementar, la caca, asustadiza, sabiéndose observada por muchos, no salía completa y parecía que se regresaba a su caverna. El verdugo, encapotado, asía firmemente la empuñadura de su “Escarlata”, una cimitarra con la cual no hacía mucho había degollado a un condenado en la plaza de Burinf. Aquella vez, en aquella plaza, el condenado también pidió le dejaran excrementar y, cuando hubo terminado, fue degollado. Pero esta vez, el verdugo se impacientaba, pues el condenado había ganado tiempo, y la caca no quería caer. Desenvainó el acero, y de un tajo preciso le separó la cabeza del cuerpo. Un chisguete de sangre salió por el cuello. El cuerpo, aún en cuclillas, mantuvo una tensa expresión de estreñimiento hasta que el orificio anal se distendió por completo y una estentórea ventosidad, que parecía preceder la creación de un universo pantagruelino, anunció la inminente salida de un enorme y pestilente mojón.

Habiendo observado esto, desde el palatino palco que daba a la plaza de los caídos, el reyezuelo de mirada torva, y con la perfecta escena para dar una enigmática lección a sus herederos, exclamó las no menos torvas siguientes palabras:

–Para excrementar no es necesaria la cabeza…

800 resurrecciones
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