Del centro de los corazones mana la sangre. Recorre, precisa y violenta, los circuitos que ella misma ha trazado. Todo lo que suceda por encima de ella es superficial. Gira, obstinada, ciega. Mana. Las estrellas palpitan, crepitan. De su interior surge la oscuridad, la oscuridad se expande al universo entero. Los planetas son obstinados, están ciegos, y giran. El estruendo que hacen al girar recorre distancias absurdas, como la que hay del hombre a la luna incluso cuando está parado en ella, y llega al recorrido, salvaje y preciso, de la sangre en las venas. No es mucho lo que controlan las estrellas, tal vez los sentimientos frágiles de las mentes más ingenuas. El resto obedece al rumor de los planetas.

800 resurrecciones
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