Lentas luces atraviesan un verano con olor a quemado. Tortuosos caminos indecisos se arrastran por el campo como arrugas por un rostro: marcas de un pasado, tan incierto como el porvenir. La mente se estanca en la aridez de un calor sofocante. Adusta, la piel endurece. Una risa helada incide de pronto.  Queda, nítido, un eco con sabor a sudor y a remordimiento.

La energía solar reduce mis células cerebrales. Me estremezco entre suspiros neurálgicos. El siringe, ensordecedor, inflamado, ruge, lastima mis oídos. Los recuerdos llegan, con una lentitud indescriptible. Crujidos esporádicos ahuyentan la monotonía.

Mi cuerpo cruje y crece, entre el sudor que mancha la hojarasca y el sudor de la hojarasca que mancha mi sudor. Deseo que la luz no sea un tormento. Y cierro los ojos y aparezco en un campo abierto. Zorzales filosos, cumbres de grava, cascarones abiertos derramando un líquido caliente. Y abro los ojos y estoy enredado entre marañas y raíces y empujo con fuerza y salgo del desierto que habita en mí mismo. Y cierro los ojos y mi rostro resbala entre tanta humedad y el canto del mirlo inflamado de sangre, y las piedras negras y la tierra roja y los intentos desesperados que salen de mi boca se forman vacuos en un abismo de miedo y de luz. Y el sol de la mañana y el sol de la tarde y el sol de la noche me alumbran, todos ellos, a la vez, con furia luminosa. Mi ropa se pega a mi piel y las mañanas ardientes me devuelven recuerdos quemados. Entre los árboles se derrama alegría. Y abro los ojos y el ayer es una pirueta y se torna lejano y se aleja con rabia. Mi lengua está poblada, de sal y de risa y de deletérea saliva. Mi lengua está superpoblada de festines y pillajes y de cantos paganos y en mi lengua de carne húmeda se escriben manifiestos en idiomas que desconozco y se escriben capitulares en un latín concebido por salvajes. Soy la orilla de mis pesadillas. El calor devora mi rostro muerto. Y toda mi carne gira alrededor del sol. Lanzo un rugido con sabor a hambre. Y tengo vocación de caníbal y la lluvia, cuando cae, refresca mis ansias. Pero tan sólo soy un adolescente. Y mi piel de anciano refulge. Y también soy un clérigo. Y también soy un desierto. Y escucho todo cuando nada se escucha. Refulge el aire y el polvo y refulgen las escamas de los pájaros. Y vuelvo a abrir los ojos. Pero esta vez los abro de verdad. La realidad irradia. Pasa un tren por el entramado de mis sueños. Una fogata que arde me dice que es la hora de descansar. Y cierro los ojos.

800 resurrecciones
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