Se enturbió el cielo justo en el momento en que colgué el teléfono. La lluvia comenzó implacablemente: un aguacero en breve vida hizo ríos en las calles. Corrí y corrí. Me refugié bajo un árbol torcido cuyo tronco, en algunas partes, pendía paralelo al suelo. Me perdía en un laberinto de agua y quise mirar el mapa en mi teléfono, pero la lluvia me impedía sacarlo. Pregunté y corrí nuevamente. Me refugié bajo un toldo, tomé aire y de nuevo a correr. Ya estaba cerca. Un minuto más y llegaría.

Siento que estoy contagiado.

Mi amigo me esperaba. Abrió ansiosamente, miró de soslayo sobre mi hombro. Algunos saludos escuetos y caminamos el pasillo.

Hablamos de nuestras enfermedades. Tenemos cada quien una enfermedad. Aunque, también, nuestras enfermedades significa que los dos compartimos la misma enfermedad. Creo que sería más preciso decir que hablamos de nuestra enfermedad.

Hay algo brilloso en todas las cosas. Aparecen frente a mí como si estuvieran en un cuadro cubista. Aquí el frente y el dorso. Encima está el arriba y también el abajo. Luego un sonido de bajo se me incrusta en la visión auditiva, y no se va. Es como esta lluvia que no termina. He contado las gotas que caen, todas las he contado una y otra vez. Dime un número y te diré que son exactamente ese número, dime otro y diré lo mismo. Esas gotas son el tiempo.

Cuando hube colgado el teléfono, empezó la lluvia, la fuerte lluvia trajo consigo un trozo de cielo. Quedé de ver a mi amigo. Él deliraba, yo estaba enfermo.

Un minuto más y él llegará.

Suena el timbre. Me apresuró con paraguas en mano. Viene agitado y empapado. Le ofrezco ropa limpia, cálida, y él empieza a fumar.

¡Ah! las palabras. Esas palabras que no debieron juntarse a otras y de repente allí están como asombradas, porque nunca antes ninguna estuvo acompañada de la otra. Las palabras se asombran cuando callan y callan porque ya no saben decir lo que decían.

Espera. Tengo algo que decirte. He descubierto, he hecho visible, un gran error humano. Una palabra que no entiende su utilidad. Es la palabra “yo”, ese pronombre. Está en todas partes, en todas las bocas que han vivido, en todas y en ninguna, en todas partes menos en sí mismo, es como Dios y, como él, antes significaba algo con vida, antes era la vida misma, pero ahora no sé desde dónde se pronuncia. Al principio creí que había perdido mi alma, que tal vez estaba yo, nuevamente yo, conectado a un aparato. Trato de pensar que no es así; que si estoy muerto, mi pronombre, mi yo, debe dar cuenta del estado de mi muerte ahora mismo. Y, sin embargo…

Si me preguntaras cómo estoy, no sabría responderte si yo estoy vivo o muerto.

Tienes que estar vivo, como yo.

¿Lo estás?

Yo sabía qué es estar vivo, y cuando decía que estaba muerto mis palabras no lo creían porque estaba vivo, y las podía oír temblar, titiritar silenciosamente, asustadas y obligadas a decir lo que había que callar. Yo todavía vivía e invocaba la muerte. Mas ahora que trato de decir “estoy vivo”, mis palabras callan sin temor, y no las oigo, no las oigo. ¿Qué significa eso? ¿Por qué no las oigo? Simplemente, porque estoy muerto y lo saben. No me quieren confundir. Ahora bien, Se va, se va, se está yendo y no hacemos nada, no decimos nada.

Se ha ido, amigo, se ha ido y ha pintarrajeado horriblemente mi pared. No has dicho nada, no dije nada yo tampoco. Sólo lo vimos. Creo que ha dibujado un enorme cero de color plata con tintes negros.

Creo que me estoy contagiando. Pero dime algo, amigo. Te he oído hablar del tiempo. Ayer, hoy, mañana. Algo has dicho.

¿Y el tiempo? ¿Significa algo para ti?, el tiempo.

Tal vez sean números. Ya sabes que a cualquier número le puedes agregar un cero y otro y otro, y el número engrandece. Así es el tiempo, es una sumatoria de ceros.

¿La palabra ayer, significa algo para ti?

Es un cero, hoy también es un cero, pero el mañana es el cero absoluto, la inmovilidad de los átomos, la muerte del tiempo. Pero, dime, ¿para qué me sirve el tiempo cuando todo me parece fragmentado, sin dimensiones, cuando yo soy la dimensión de la muerte, la dimensión inmóvil, el cero absoluto, fuera de sí y en todas partes a la vez? ¡Ah! Ya no sé quién piensa por mí, tal vez mis palabras, porque yo, en realidad, estoy fuera de mí, en todas partes menos en mí mismo, soy el pronombre, el Yo, y estoy muerto.

Te entiendo perfectamente, le dije. si mis palabras no te pueden decir que estoy vivo, porque callarían inmediatamente las hubiera yo pronunciado, ¿qué pasaría si te dijera que estoy muerto?

Acabas de decir “estoy vivo” y luego “estoy muerto”, tus palabras hablaron, las oí perfectamente.

Oí que dijiste que mis palabras hablaron, que las oíste perfectamente. Exactamente ¿qué te dijeron? ¿Que estoy muerto, que estoy vivo?

Que estoy muerto, eso dijeron. Eso escuché claramente.

Yo también, eso escuché claramente. ¿Pero escuchaste que también dije estoy vivo?

Mira allá a lo alto. Alguien pintarrajea tu pared.

No sé qué has dicho. No te escuché. Creo que estaba mirando allá a lo alto. Alguien pintarrajeaba mi pared. No teníamos miedo, porque no hay muerte que a un muerto se le pueda quitar.

 

Miró de soslayo sobre mi hombro, nuevamente, una despedida escueta, me encaminó a la puerta.

Gracias por venir, me hacía mucha falta contagiarme con alguien.

800 resurrecciones
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