La vida late en el pecho de los zorros silvestres cuando pisan delicadamente la nieve, cuando levantan las orejas detrás de un matorral y descifran al mundo, cuando duermen. Eso es lo único que tienen, la vida que late. No tienen una casa, no tienen un amor. No tienen algo que sirva para algo, aunque sólo sea para mirarlo. Tampoco tienen dios. La vida latiendo, es lo único que tienen. Devoran la carne de algún animal muerto para protegerla, corren al menor ruido, para protegerla. La vida late en sus pechos, palpita en sus cabezas. Es una idea fija, una convicción. Inunda sus sueños, delirantes, repetitivos, premonitorios; guía sus vigilias, delirantes, repetitivas, indescifrables. Meditan largamente, durante horas, durante días, durante meses, meditan largamente. Antes de esquivar cualquier trampa, antes de caer en ella.

800 resurrecciones
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